Implosión en el imperio

Viernes 19 de septiembre de 2008, por Guillermo Sullings

El economista argentino Guillermo Sullings, destacado pensador del Movimiento Humanista en los temas relacionados con la economía y autor del libro Economía Mixta, hace un análisis de la crisis del capitalismo que por estos días se discute en todos los medios.

El contexto en que se da esta crisis

En estos días estamos asistiendo a la profundización de una enorme crisis financiera, con epicentro en EEUU pero con consecuencias en todo el mundo. En realidad esta crisis comenzó a mostrarse hace un año, pero ya se venía generando durante el 2006, y sus raíces son aún anteriores. Y bien podríamos decir que la “tierra fértil” para el desarrollo de tales raíces, se ha venido arando desde hace décadas.

En el año 2000, cuando publicamos “Economía Mixta”, dedicamos unos párrafos a lo que entonces denominamos “la trampa del crédito”, como ese fenómeno por el cual se incentiva a las personas a anticipar el consumo mediante el endeudamiento. En un primer momento el nivel de consumo se incrementa (porque las personas gastan el equivalente a lo que ganan, más el equivalente a lo que se endeudan), y en un segundo momento su consumo baja porque los endeudados deben restringir sus gastos regulares, para generar un ahorro que les permita pagar lo que deben, más los intereses incorporados, que en el caso de créditos a largo plazo, pueden llegar a duplicar el valor de lo adquirido. Eso por una parte genera una transferencia de ingresos desde la economía productiva hacia la banca, y por otra parte genera ciclos de sucesivas expansiones y contracciones en la economía. Porque si bien cuando se expande el crédito, el mayor consumo genera un crecimiento de la economía real, y entonces la gente aumenta sus ingresos y se posiciona mejor para afrontar sus gastos y sus deudas, este ritmo de crecimiento real siempre es menor a la expansión del crédito, y se generan las famosas “burbujas”, que indefectiblemente estallan.

Cuando hablamos de estos temas en “Economía Mixta”, también hicimos mención al nivel de endeudamiento que ya entonces tenía la sociedad de EEUU, y mencionamos que en algún momento eso iba a estallar. Todo indica que ese momento se aproxima. No es nada fácil estimar los tiempos de estas cosas; cuando en 1998 anticipamos la caída de la convertibilidad en Argentina, podíamos realizar el análisis sobre una economía mucho más pequeña, más simple, y acotada a un solo país. La economía de EEUU en cambio, además de ser enormemente mayor y más compleja, ha tenido la posibilidad de “exportar” sus problemas, y habría que disponer de una cantidad descomunal de información a nivel mundial, para poder efectuar pronósticos más precisos. Pero no cabían dudas de que la tendencia era hacia una crisis cada vez más profunda.

Antes de referirnos al detonante de la crisis actual, hay que entender como funciona la sociedad en EEUU con respecto al crédito, el consumo y la inversión especulativa. En ese país existe una cultura muy arraigada con respecto a endeudarse para trepar en el escalafón social (medido por el consumo). Y en aquellos que tienen capacidad de ahorro, existe una cultura muy difundida de invertir en acciones, fondos de inversión, y toda una serie de complejos instrumentos financieros, que aquí para el común de la gente ni se entiende de que se trata. En EEUU la mayor parte de la población se endeuda para comprar artefactos del hogar, autos y casas; y cuando los termina de pagar vuelve a endeudarse para renovarlos. Los estudiantes universitarios se endeudan para pagar sus estudios y luego van pagando sus créditos cuando se reciben. Es una sociedad endeudada, al punto tal que en la actualidad, el nivel de endeudamiento medio de los hogares representa el 120 % de sus ingresos anuales; o sea que en promedio, si los ciudadanos estadounidenses pudieran estar un año sin gastar un dólar, ni siquiera para comer, de todos modos deberían trabajar todo ese año y unos meses más para pagar lo que deben. Y el 75 % de ese endeudamiento corresponde a deudas hipotecarias, detonante de la actual crisis. Pero ese nivel de endeudamiento de los ciudadanos de EEUU, no es solamente interno (entre ellos), sino que se viene financiando también con el enorme déficit que tiene ese país tanto en la balanza comercial, como en su balanza de pagos, ya que es el gobierno más endeudado del planeta. Entre China y Japón acumulan títulos de la deuda de EEUU por valor de casi 2 billones de dólares, debido a su superávit comercial con ese país.

Los antecedentes de la crisis actual

Dentro de ese contexto de una sociedad acostumbrada a endeudarse crecientemente, por una parte, y a generar burbujas de inversión por otra, es que comienza a gestarse la burbuja inmobiliaria entre el 2002 y el 2005. En esos tiempos la Reserva Federal había bajado las tasas para activar la economía, luego del impacto recesivo que generaron los temores a partir de los atentados del 11/09. Los bancos entonces podían endeudarse al 2 % anual, y prestaban al 8 % anual a quienes querían comprar o construir una casa. Era un gran negocio financiero por sí mismo, pero la voracidad de la banca no se conformaba con eso; para captar más y más clientes que sacaran su crédito hipotecario, relajaron las regulaciones y los controles y otorgaron créditos a personas de menor solvencia (hipotecas “subprime”), y fue el auge del negocio inmobiliario, que hizo subir y subir el precio de las propiedades. Pero a su vez, para poder prestar a cada vez más clientes, los bancos necesitaban captar fondos en el mercado, y entonces fue cuando comenzaron a ofrecer en garantía las mismas hipotecas que tenían en cartera de sus clientes. Hicieron eso una y otra vez, y las hipotecas pasaron a ser el soporte de toda una compleja trama de instrumentos financieros de los que llegaron a participar también bancos europeos.

Millones de ahorristas, a través de bancos, fondos de inversión, y empresas que cotizan en bolsa, financiaron el crecimiento de la burbuja, la mayoría de las veces sin saber cual era la garantía final de su inversión. Todo esto con la anuencia de las prestigiosas calificadoras de riesgo que tanto se han ocupado de descalificar a las economías emergentes, y nunca previnieron a los ahorristas sobre el riesgo de estos irracionales instrumentos de crédito del primer mundo. Y todo fue un negocio próspero mientras las propiedades subían de valor y la rueda del endeudamiento y el pago de las cuotas seguía funcionando. Pero como toda burbuja un día estalló.

La Reserva Federal comenzó a aumentar las tasas hasta superar el 5 % para contener la inflación, y entonces los bancos también aumentaron las tasas de los créditos hipotecarios ya otorgados (que son a tasa variable). Mientras tanto muchos propietarios que no eran demasiado solventes, ya habían empezado a entrar en mora; pero al aumentar las tasas la mora se multiplicó y ya en el 2006 hubo 1.200.000 ejecuciones hipotecarias. El valor de las propiedades, que había llegado a niveles irracionales, comenzó a desinflarse, primero por una lógica de valores relativos, pero ese desinfle se aceleró cuando muchos propietarios pusieron en venta sus casas porque no podían pagar las cuotas de su hipoteca. Esta baja en las propiedades hizo que muchos propietarios tuvieran con el banco una deuda mucho mayor al valor de su casa, por lo cual también la pusieron en venta, con lo cual los valores siguieron bajando. Al día de hoy se estima que más de 5.000.000 de familias tienen en venta su casa porque no pueden pagar la hipoteca, y hay 2.000.000 que están por perderla en una ejecución.

Cuando estalló la crisis en agosto del 2007, se estimaba que había una morosidad acumulada de más de 500.000 millones de dólares en el mercado de las hipotecas. Pero mucho mayor era la pérdida de valor de los títulos y acciones que estaban respaldados por las entonces bautizadas “hipotecas basura”. En otras palabras, muchos de los bancos vinculados al negocio inmobiliario no pudieron afrontar sus deudas porque se evaporaron sus activos, apalancados en hipotecas incobrables y devaluadas. Y en esa compleja trama financiera, el efecto dominó empezó a arrastrar a la quiebra a muchas entidades relacionadas de algún modo con estos instrumentos financieros apoyados en una frágil burbuja. Los casos más resonantes fueron Freddie Mac, Fannie Mae, Bearns Stearns, y más recientemente Lehman Brothers y AIG, pero hubo un centenar de entidades afectadas en USA y algunas en Europa que tuvieron que ser apuntaladas.

Y este efecto dominó ya tiene un año, y aún no llegó a su fin. El gobierno de EEUU y la Reserva Federal inyectan cientos de miles de millones para morigerar el terremoto, pero nunca es suficiente, y la crisis en las hipotecas contaminó a todo el mercado financiero y bursátil. Los inversores sacan el dinero de los bancos y fondos de inversión por pánico y desconfianza, y con ello debilitan aún más al sistema financiero. Los tenedores de bonos o acciones tratan de venderlos para hacerse de efectivo, o porque prevén una mayor depreciación de los mismos, y al hacerlo, más se deprecian. O sea, se está pasando de la dimensión del problema hipotecario (de por sí enorme), a la dimensión de la profecía auto cumplida de una corrida bancaria y bursátil que genera quiebras en cadena. Y ese es el problema que hoy enfrenta EEUU.

Hasta donde llegará la crisis

Es muy difícil saber cuando se tocará fondo. En primer lugar porque aún no se sabe bien hasta donde llegó la contaminación con instrumentos financieros respaldados con las “hipotecas basura”, dada la complejidad de tales instrumentos. En segundo lugar porque además del problema financiero original, aparece el factor sicológico de la desconfianza de los ahorristas, mucho más difícil de mensurar y prevenir, y que seguirá provocando corridas. En tercer lugar porque en la medida que este problema financiero profundice su repercusión en la economía real, básicamente a través de la restricción crediticia para la inversión y el consumo, y a través de la pérdida de capacidad de gasto de la población, se irá acentuando la espiral recesiva. En cuarto lugar, porque la interdependencia entre las economías del mundo con la de EEUU, abren un abanico de múltiples consecuencias que se irán retroalimentando.

La economía de EEUU representa el 25 % de la economía mundial, y es sumamente interdependiente con China, Japón y Europa, con lo que tenemos más del 50 % de la economía mundial afectado directamente por la crisis. Por lo tanto prácticamente ningún país estará aislado de las consecuencias, aunque sea indirectamente y en diferentes grados. Una recesión en EEUU implica una fuerte disminución en el consumo del principal comprador de productos fabricados en China y Japón. Y una desaceleración en la economía china como consecuencia de ello, implicaría menos importaciones de materias primas por parte de ese país al resto del mundo. A su vez la desconfianza hacia las inversiones de riesgo afectará el flujo de inversiones en los denominados países emergentes. Pero en qué profundidad y por cuanto tiempo se dará eso, imposible anticiparlo.

El gobierno de EEUU, contradiciendo sus propios “principios” de ortodoxia liberal, de dejar que los mercados se autorregulen y quiebren los que tengan que quebrar, está apelando a recursos heterodoxos, inyectando cientos de miles de millones de dólares en el barril sin fondo de la crisis financiera. Si lo sigue haciendo, posiblemente evitará el Apocalipsis de un nuevo crack mayor al de 1929, pero a costa de llevar su endeudamiento como nación a límites inmanejables. Pero más allá de la poca o mucha espectacularidad que tenga la caída, lo seguro es una recesión y un debilitamiento prolongado en la mayor economía del mundo.

Cómo afectará a la Argentina

En una economía globalizada, las repercusiones de semejante crisis llegan a todos lados, pero en la medida que los efectos vienen por rebote son cada vez menos previsibles en el corto plazo, y poco mensurables en el mediano plazo. Por ejemplo, el desproporcionado aumento de los precios internacionales del petróleo y de las materias primas que se dio hasta hace unos meses, y su reciente y abrupta caída, tuvo que ver con el hecho de que muchos inversores que se salieron del mercado inmobiliario, huyeron hacia las commodities y formaron una pasajera burbuja en ese mercado, que ahora se está disolviendo. Pero hasta que esos capitales se inclinen definitivamente hacia algún tipo de inversión de mediano plazo, seguirán provocando turbulencias difíciles de prever.

De momento muchos capitales se están yendo a los bonos del tesoro de EEUU (que además está emitiendo bonos a mansalva para tener fondos para el salvataje del mercado financiero), porque se los considera seguros, aunque no dan prácticamente ganancia. De momento se venden los bonos de la deuda argentina, con lo cual bajan de cotización y aumenta el riesgo país, y con ello suben las tasas de interés a las que podría obtener crédito la Argentina. De momento bajaron los precios de los productos agrícolas que exporta Argentina, por desinfle de la transitoria burbuja, pero aún los precios siguen siendo rentables para los productores. Pero todo esto es en este momento. Podría pasar que cuando pase el pánico, algunos inversores consideren que ciertos proyectos en Argentina son menos riesgosos que los mercados especulativos del primer mundo, o tal vez no. Podría pasar que la baja en los precios de las commodities disminuya la presión inflacionaria, y eso nos traiga alivio. Seguramente que una recesión en EEUU contagiará a China y Brasil, que tienen una mayor relación comercial con ese país que la que tiene Argentina; pero como Argentina tiene mucha relación comercial con Brasil y China, quede afectada indirectamente, ¿pero cómo saber la medida de efectos indirectos, si ni siquiera se puede calcular la medida en los casos de efectos directos? Lo que sí sabemos es que Argentina no está en la lista de los que se verán más afectados. Porque si bien puede tener problemas para conseguir crédito, también los ha tenido en estos últimos años, y sin embargo creció, “viviendo con lo nuestro”, como dice Aldo Ferrer. Porque si bien algunos países pueden disminuir la demanda de algunos de los productos que hoy exporta Argentina, hay que considerar que antes, en algunos rubros había que restringir la exportación para asegurar el abastecimiento interno, o sea que ahora podría ocurrir también que la menor demanda se equipare a la capacidad exportable, y no disminuyan tanto las exportaciones.

Las reservas acumuladas de Argentina, y el margen que aún tiene de superávit fiscal y comercial, le dan un colchón que le permitirá amortiguar hasta cierto punto los efectos colaterales de la crisis en EEUU. Pero ahora más que nunca se deberá trabajar en un plan económico y una reforma tributaria que asegure, además del superávit fiscal, la reinversión productiva de las ganancias empresariales, para lograr desarrollo y redistribución de la riqueza, y así poder contrarrestar con creces cualquier coletazo recesivo en algunos sectores más expuestos a la crisis internacional.

Conclusiones

En definitiva, esta crisis del capitalismo y de la globalización, demuestran una vez más que se debe terminar con la especulación financiera en el mundo, forzando la reinversión productiva de las ganancias empresariales. El mundo ya no puede ser gobernado por la tiranía del capital especulativo, que genera pobreza y caos por doquier. El mundo tiene que avanzar hacia una Nación Humana Universal, en la que los pueblos, a través de la democracia directa, resuelvan que los inmensos recursos que hoy se destinan a la especulación, la usura, y el armamentismo, contribuyan al desarrollo que terminará con la pobreza. Y en ese sentido habrá que estar alertas, porque esta implosión financiera en el imperio lo está debilitando, pero como una fiera herida, con tal de recuperar el poder, puede pretender recurrir a la fuerza bruta, más de lo que lo ha venido haciendo hasta ahora.

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