Como orgulloso guardián del ser humano, el monte Aconcagua fue testigo del nacimiento de la más grande y buena de las doctrinas. Un hombre se paró solo frente a cientos y les habló con la humildad de los maestros y la grandeza de los Dioses, teniendo por testigos al Sol y la montaña habló, sin rodeos, sin prejuicios, sin ocultismo ni imposiciones...





